sábado, 6 de junio de 2015

Unidad Popular y Militancia Patriótica



Escribe Perón a Raúl Scalabrini Ortíz, en 1958, desde el exilio forzado en Ciudad Trujillo: “el fenómeno que se produce en los países de América Latina es el de una clase media con más sentido clasista que el proletariado. Los obreros tienen más claramente fijado el concepto de la integración nacional y de la necesidad de presentar un frente unido al adversario común. Las clases medias, en cambio, tienen extraordinaria tendencia a concentrar su espíritu combatiendo en antagonismos internos y artificiales, a menudo creados y siempre alentados por la propaganda imperialista. Es evidente que sectores cuya suerte está unida indisolublemente a los de la clase trabajadora tienen su vista puesta, sin embargo, en la oligarquía, que por su interrelación con el imperialismo está marginada de los anhelos y de las necesidades nacionales.”

En aquella carta, el General Perón expone ante Scalabrini Ortíz la necesidad de los intelectuales en el proceso de resistencia que desde hacía 3 años se había iniciado en torno al retorno democrático –a veces queda en un segundo lugar, pero en realidad la lucha por el retorno de Perón no era más que el regreso a la vía democrática del país, una democracia radical ya que eran los trabajadores los principales destinatarios, impulsores y defensores de las políticas populares del gobierno peronista-, aportando a la causa nacional desde la trinchera y enfrentando a la “intelligentzia”, siempre aliada del imperialismo. Allí, el líder exiliado le da una orden a Scalabrini Ortíz: “nadie mejor que usted para decir la palabra orientadora y llevar el mensaje que los alínea para mejor defender el programa que el país reclama.” El General reconoce en el autor de “El hombre que está solo y espera” a un intelectual comprometido con los destinos de la Patria.

Estos párrafos que nos antecedieron son ejemplificadores de lo que hablamos cuando mencionamos “la Batalla Cultural”; no es más que la necesidad de articular y movilizar la agitación popular detrás de un objetivo común. En momentos de enfrentar al enemigo principal se dirá “Defensa de la Patria contra el imperialismo”, y cuando se quiera avanzar frente a las contradicciones internas que se desarrollan dentro de la lucha política local, el enfoque será puesto en centrar la acción política en un adversario para –en términos gramscianos- dirigir y subordinarlo política y culturalmente, es decir, construir la hegemonía necesaria para derrotar al sentido común dominante, a la ideología impuesta por los grupos de poder concentrados, para volver a articularlos dentro de una nueva cultura, en la cual los trabajadores ocupan un papel importante para realizar la revolución socialista. Ese mismo rol preponderante otorgaba Perón a los trabajadores argentinos.

Continúa Perón: “el peronismo fue el primer movimiento político social que entabló la lucha en los verdaderos términos del conflicto: nuestro antiimperialismo fue práctico y efectivo, adecuado a la realidad y no a declamaciones teóricas. Eso que el pueblo sabía, recién después del 16 de septiembre de 1955, lo comprendieron algunos intelectuales que ahora buscan sumarse a la corriente nacional y popular en la que usted estuvo siempre enrolado.”  El pueblo aprende la política haciéndola y reinventándola constantemente en la calle, es decir, a prueba de error, con los métodos que tiene a mano, sean precarios o avanzados, no importa, nada lo detiene. De allí la expresión “política popular” para separarla de la “política elitista” o profesionalizada, donde parece ser que mientras más intelectuales haya, más prestigio se le otorga a la política. Esa es, a mí entender, una visión errada; la historia de las luchas de la  historia de la humanidad ponen en relieve que siempre se trató de un conflicto entre partes, entre sectores, y que podemos atinar a definir entre opresores y oprimidos, y que esos momentos históricos no quedan en un punto muerto o en una victoria definitiva, sino que el propio pueblo las salvaguarda en su memoria colectiva.

La unidad popular, entonces, obliga a identificarnos y construir dentro del bloque nacional-popular, para defender lo conquistado y enfrentar al enemigo oligárquico-imperial. Antonio Gramsci escribió en 1910, con solo 19 años, un artículo que tituló “Oprimidos y opresores”, en donde sostiene que “cuando un pueblo se siente fuerte y aguerrido, piensa enseguida en agredir a sus vecinos, rechazarlos y oprimirlo. Porque está claro que todo vencedor quiere destruir al vencido. “¿Acaso no fue eso lo que realizó el imperialismo en todo el mundo (ya sea bajo su forma yanqui, británica o sionista), oprimir ideológicamente a cualquier pueblo hasta despojarlo de su soberanía? Basta con repasar la proscripción a la que fue objeto el movimiento peronista durante 18 años y recordar el bombardeo a la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 para comprender que el enemigo existe y en lo único que piensa es en masacrar a la identidad política popular mayoritaria y democrática en nuestro país.

En estos tiempos que corren, es necesario también posicionarnos desde el paradigma de la militancia patriótica. Los peronistas tenemos que estar en la primera fila de defensa y construcción de una Patria Grande Justa, Libre y Soberana como reza nuestra doctrina nacida al calor del sentir popular hace 70 años, entendiendo que, como sentenció hace tiempo atrás John William Cooke, con el peronismo sólo no basta, pero sin él, tampoco se podría avanzar. Es en esa centralidad que sabe regenerar constantemente el peronismo donde se encuentran las tensiones necesarias para impulsar el conflicto permanente, y que continúa dividiendo –a nuestro país y al mundo- en opresores y oprimidos. En el medio de ese tablero no somos neutrales: constituimos y somos parte del pueblo. 



Volvamos a ser la Rabia





Las personas nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo con recetas, sean estas efectivas o no, se han vuelto necesarias para poder evitar el espontaneismo o  la improvisación. En un mundo cada vez más complejo, asimilable al contexto geopolítico de Guerra Fría, cabe volver a preguntarse en un modo auténtico y original como lo hizo Lenin en 1902, “¿qué hacer?”, esta vez sin caer en una receta masticada, digitada por tres o cuatro cabezones de mesa chica, sino empujar el debate hacia adentro del propio peronismo, necesitando recuperar aquella consigna pre-electoral de 1983 que rezaba “Somos la Rabia”. Y como no ser la rabia luego de las miles de desapariciones de compañeros peronistas que enfrentaron a la dictadura, trabajadores y trabajadoras de esta Patria que soñaban y hacían la política popular, que construían un horizonte posible con la organización como bandera. El peronismo, en nuestra ciudad, tiene que volver a ser esa rabia incontenible. Tenemos que volver a nuestras raíces, a transformar el discurso en un vendaval político que rompa con tanto candidato artificial, con esta democracia liberal que posa sus ojos en la Intendencia y el Concejo, pero que tiene sus actores principales en la Fundación Libertad y la Bolsa de Comercio.

Tenemos que volver a ser la rabia porque no se puede seguir aguantando más la derrota de los dignos; tenemos que volver a ser la rabia porque no nos podemos resignar a un gobierno del PRO, con todo lo que eso significa; tenemos que ser la rabia porque ya hemos sido demasiado buenos, mejor dicho, nuestros supuestos representantes han sido “demasiado buenos” para el poder económico de turno, supieron aprehender los discursos dominantes, nos hablan de “inseguridad, narcotráfico, inseguridad”, pero dejaron de hablar de Justicia Social, de Soberanía Política y de Independencia Económica.

Parece ser que el peronismo institucional de nuestra ciudad y provincia –concejales, diputados, senadores- creen que cada uno por su lado, es la mejor expresión del kirchnerismo. Esos errores que rozan el prestigismo, la soberbia y la vanidad siempre nos juega en contra cuando impulsamos la unidad desde las bases. No hay acuerdo posible entre los dirigentes, porque cada uno defiende el interés individual de la agrupación que lo pone en una lista o en un cargo en el Estado, ya que la utilidad más fructífera en términos de política contemporánea en la ciudad, han sido las organizaciones militantes como trampolines hacia el pretendido “lugar de poder”. Nada más lejos de eso con un movimiento nacional-popular fracturado como el que tenemos en nuestra ciudad y que entre 5 o 6 se reparten las migajas de un Partido Justicialista anclado en la derrota interna y externa. Este PJ se volvió peso muerto sobre las espaldas de las organizaciones políticas del peronismo, y fueron estas mismas también, las que se ahogaron en vez de oxigenarse.

Las elecciones se han vuelto un engaño para el peronismo local. Creer que “nuestros dirigentes” pueden salvar al peronismo solo por lograr un 30 y pico por ciento de votos, es no entender la historia de lucha que tiene el movimiento nacional desde casi 70 años. ¿Podremos conformarnos con 10 diputados, 4 concejales, un casi gobernador? ¿Nos tenemos que conformar a eso?  ¿Somos lo demasiado peronistas para incomodar el discurso del enemigo principal que, sin lugar a dudas, está apostando a la victoria del PRO en la ciudad y la provincia? ¿Somos lo demasiado valientes para criticar las prácticas y los diseños políticos de nuestros representantes institucionales? ¿Tenemos la voluntad y la maduración necesaria para reconocer que estamos yendo de error en error, depositando demasiada energía en campañas electorales cada dos años, pero no construimos un instrumento político que se piense a 10, 20, 30, 40, 50 años? ¿Cuántas coyunturas más nos vamos a tener que tragar para que la discusión sea otra y que al final, nunca termina llegando? ¿Cuántos sapos más vamos a tener que besar antes de comer, escudándonos únicamente en el “verticalismo” o en la “disciplina partidaria”?

Hay que volver a pensar un peronismo desde las bases, una mirada generacional que entronque con las mejores tradiciones de lucha de nuestro pueblo, encontrarnos con compañeros marxistas, socialistas, de la izquierda nacional, de la izquierda popular, vecinales, clubes, instituciones religiosas populares, comunidades originarias, sindicatos, universidades, y empezar a apuntar nuestra táctica de unidad desde abajo para ir consolidando una mirada política distinta, alternativa, pero posible, dentro del movimiento nacional-popular. Reconstruir en términos de política patriótica y dejar la mezquindad de la “realpolitik”.

Discutamos estrategia, encontrémonos para confluir –con los tiempos del largo plazo que lleva esta política- y forjemos de una buena vez una generación política que esté a la altura de derrotar a la neoderecha cultural de nuestra ciudad (Fundación Libertad), que se muestra en forma visible a través del apoyo al PRO, engrosando las filas partidarias y equipos de gestión con cuadros salidos de su institución, y construyamos un bloque nacional-popular que ponga en crisis el relato del neoliberalismo. El Frente Progresista ya no puede hacerlo, transformándose en un eslabón perdido de la cadena neoliberal en nuestra ciudad, ha sido desechado: sea o no sea gobierno en nuestra ciudad o provincia, el PRO ya ganó, porque se transformó en la principal fuerza de recambio gubernamental al PSP.

Tenemos que ser capaces de construir una herramienta político-cultural que incomode al poder de turno, a los grupos económicos de nuestra ciudad, que se ha vuelto especuladora, restrictiva, exclusiva. Debemos unirnos en torno a la idea de Patria Grande Latinoamericana, basándonos en nuestra diversidad, pero utilizándola para impulsar el debate y la confluencia de ideas para generar consensos internos y empezar a doblegar la fuerza neoliberal que nos está atando de pies y manos. Pero para eso necesitamos ser lo más duros posibles con nuestros dirigentes, que siempre se reciclan, que siempre se peinan para la foto, que siempre miran de reojo cualquier iniciativa que pueda opacar su kiosco de ramos generales.

Evidentemente, no podemos esperar que Cristina o cualquier otro dirigente medio del peronismo convoquen un Encuentro de la Militancia donde se discuta en los términos críticos que necesitamos para volver a ser la rabia y la barbarie en los términos de no amoldarnos al acartonado estilo electoral. Ese mandato está en nuestras manos y tenemos que favorecer el florecimiento de espacios de debate entre compañeros, hacer los replanteos que sean necesarios, y tener la generosidad, la humildad y las ganas de rehacer, reconociendo que hemos fallado y podemos volver a empezar si nos bajamos del caballo del sentido de pertenencia a tal o cual Orga como símbolo de diferenciarme del compañero.

Potenciemos la rabia, ganemos la libertad de sabernos compañeros y demos un salto de calidad política poniendo los trabajos de base diarios en un primer plano para volver a latir con un peronismo que se afiance en lo cultural, para poder lograr la victoria política contra el enemigo neoliberal y retomar la conducción del Estado para ponerlo al servicio del pueblo, para ponerlo al servicio de los trabajadores. Por otro lado, no le tengamos miedo a la consigna política “Socialismo del Siglo XXI”, ya que es contemporánea a la construcción de la cual venimos siendo participes y tenemos mucho más por ganar cuando veamos nuestro sentido patriótico ligado a la suerte de la Patria Grande Latinoamericana, con los ejemplos más notorios de Evo Morales en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela.


Volvamos a creer en la construcción de base, donde la humanidad vive y se realiza; volvamos a pensar en ganar pero entendida como una seguidilla de victorias diarias sobre el individualismo al que nos empuja la ideología liberal burguesa; volvamos a pensar en qué hacer, cómo hacerlo, para qué hacerlo, con quién hacerlo, cuando hacerlo; volvamos a sentir la rabia liberadora de saberse inconformista, sepultando las viejas ideas-fuerzas dominantes con desarrollos organizativos plurales, democráticos y combativos, sabiéndonos y encontrándonos dentro de las ideologías que torcerán el rumbo en Nuestra Patria y en Nuestra América: el peronismo y el socialismo del siglo XXI.