Escribe Perón a Raúl Scalabrini Ortíz, en 1958, desde el
exilio forzado en Ciudad Trujillo: “el
fenómeno que se produce en los países de América Latina es el de una clase
media con más sentido clasista que el proletariado. Los obreros tienen más
claramente fijado el concepto de la integración nacional y de la necesidad de
presentar un frente unido al adversario común. Las clases medias, en cambio,
tienen extraordinaria tendencia a concentrar su espíritu combatiendo en
antagonismos internos y artificiales, a menudo creados y siempre alentados por
la propaganda imperialista. Es evidente que sectores cuya suerte está unida
indisolublemente a los de la clase trabajadora tienen su vista puesta, sin
embargo, en la oligarquía, que por su interrelación con el imperialismo está
marginada de los anhelos y de las necesidades nacionales.”
En aquella carta, el General Perón expone ante Scalabrini
Ortíz la necesidad de los intelectuales en el proceso de resistencia que desde
hacía 3 años se había iniciado en torno al retorno democrático –a veces queda
en un segundo lugar, pero en realidad la lucha por el retorno de Perón no era
más que el regreso a la vía democrática del país, una democracia radical ya que
eran los trabajadores los principales destinatarios, impulsores y defensores de
las políticas populares del gobierno peronista-, aportando a la causa nacional
desde la trinchera y enfrentando a la “intelligentzia”, siempre aliada del
imperialismo. Allí, el líder exiliado le da una orden a Scalabrini Ortíz: “nadie mejor que usted para decir la palabra
orientadora y llevar el mensaje que los alínea para mejor defender el programa
que el país reclama.” El General reconoce en el autor de “El hombre que está solo y espera” a un
intelectual comprometido con los destinos de la Patria.
Estos párrafos que nos antecedieron son ejemplificadores de
lo que hablamos cuando mencionamos “la
Batalla Cultural”; no es más que la necesidad de articular y movilizar la
agitación popular detrás de un objetivo común. En momentos de enfrentar al
enemigo principal se dirá “Defensa de la Patria contra el imperialismo”, y
cuando se quiera avanzar frente a las contradicciones internas que se
desarrollan dentro de la lucha política local, el enfoque será puesto en
centrar la acción política en un adversario para –en términos gramscianos- dirigir
y subordinarlo política y culturalmente, es decir, construir la hegemonía
necesaria para derrotar al sentido común dominante, a la ideología impuesta por
los grupos de poder concentrados, para volver a articularlos dentro de una
nueva cultura, en la cual los trabajadores ocupan un papel importante para
realizar la revolución socialista. Ese mismo rol preponderante otorgaba Perón a
los trabajadores argentinos.
Continúa Perón: “el
peronismo fue el primer movimiento político social que entabló la lucha en los
verdaderos términos del conflicto: nuestro antiimperialismo fue práctico y
efectivo, adecuado a la realidad y no a declamaciones teóricas. Eso que el
pueblo sabía, recién después del 16 de septiembre de 1955, lo comprendieron
algunos intelectuales que ahora buscan sumarse a la corriente nacional y
popular en la que usted estuvo siempre enrolado.” El pueblo aprende la política haciéndola y
reinventándola constantemente en la calle, es decir, a prueba de error, con los
métodos que tiene a mano, sean precarios o avanzados, no importa, nada lo
detiene. De allí la expresión “política popular” para separarla de la “política
elitista” o profesionalizada, donde parece ser que mientras más intelectuales
haya, más prestigio se le otorga a la política. Esa es, a mí entender, una
visión errada; la historia de las luchas de la
historia de la humanidad ponen en relieve que siempre se trató de un
conflicto entre partes, entre sectores, y que podemos atinar a definir entre
opresores y oprimidos, y que esos momentos históricos no quedan en un punto
muerto o en una victoria definitiva, sino que el propio pueblo las salvaguarda
en su memoria colectiva.
La unidad popular, entonces, obliga a identificarnos y
construir dentro del bloque nacional-popular, para defender lo conquistado y
enfrentar al enemigo oligárquico-imperial. Antonio Gramsci escribió en 1910,
con solo 19 años, un artículo que tituló “Oprimidos y opresores”, en donde
sostiene que “cuando un pueblo se siente
fuerte y aguerrido, piensa enseguida en agredir a sus vecinos, rechazarlos y
oprimirlo. Porque está claro que todo vencedor quiere destruir al vencido. “¿Acaso
no fue eso lo que realizó el imperialismo en todo el mundo (ya sea bajo su
forma yanqui, británica o sionista), oprimir ideológicamente a cualquier pueblo
hasta despojarlo de su soberanía? Basta con repasar la proscripción a la que
fue objeto el movimiento peronista durante 18 años y recordar el bombardeo a la
Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 para comprender que el enemigo existe y en
lo único que piensa es en masacrar a la identidad política popular mayoritaria
y democrática en nuestro país.
En estos tiempos que corren, es necesario también posicionarnos desde el paradigma de la militancia patriótica. Los peronistas tenemos que estar en la primera fila de defensa y construcción de una Patria Grande Justa, Libre y Soberana como reza nuestra doctrina nacida al calor del sentir popular hace 70 años, entendiendo que, como sentenció hace tiempo atrás John William Cooke, con el peronismo sólo no basta, pero sin él, tampoco se podría avanzar. Es en esa centralidad que sabe regenerar constantemente el peronismo donde se encuentran las tensiones necesarias para impulsar el conflicto permanente, y que continúa dividiendo –a nuestro país y al mundo- en opresores y oprimidos. En el medio de ese tablero no somos neutrales: constituimos y somos parte del pueblo.






