Básicamente, el peronismo en nuestra ciudad se encuentra en una disyuntiva: consolidarse como un bastión de la cadena liberal del sentido común dominante (junto con el Frente Progresista Cívico y Social de la intendenta Mónica Fein, los radicales de Boasso, Schmuck, Rossua, y el PRO de Lopez Molina y compañía), o deja salir su barbarie, su sentido de pertenencia, aquél subsuelo de la patria sublevado que se convierte en hecho maldito del país burgués, construyendo poder popular para llegar a comandar los resortes del Estado a través del reverso de la ciudad naranja: las comunidades que integramos los barrios.
Volver a la base de constitución de un proyecto histórico nacional y
popular en nuestra ciudad
Nuevamente, como decía Rodolfo Kusch, el hedor de la América
profunda se enfrenta a la pulcritud de lo irreal. Las contradicciones en
Rosario se expresan a través de una lucha entre fuerzas sociales y no entre
partidos políticos, parafraseando a John Willliam Cooke. El peronismo encierra
en su movimiento demoníaco una violencia incontenible que hace temblar “a los de arriba” y llenar de esperanza
a los de abajo. El espíritu combativo del peronismo no está en un museo, ni en
un libro, ni en las grandes declamaciones retóricas de dos o tres caudillitos
improvisados que se venden como candidatos en tiempos electorales, sino que
late vivo en el corazón del pueblo argentino y en la memoria colectiva de las
resistencias históricas que dinamizaron al frente nacional y popular a lo largo
de su conformación y existencia en estos 70 años.
Retomando la idea del reverso de la ciudad para dotar al
peronismo rosarino de un espíritu indestructible y de la necesidad del
humanismo revolucionario para poner fin a esta crisis existencial de la vida en
comunidad en nuestra ciudad, Rodolfo Kusch vuelve a instruirnos: “Es indudable que nuestros luchadores de
izquierda y de derecha no quieren advertir que ellos están parados sobre la
mitad del hombre como la cigüeña. Ellos sueñan con las reivindicaciones
sociales de una masa que no conocen, pero solo para asumir ellos mismos un
papel social gratuito, con el secreto afán de convertirse alguna vez en clase
dirigente”(1). Kusch nos invita a
propiciar, a dejar fluir, a fundirse con el pueblo, no tanto para cooptar y
acumular para algún dirigente medio, sino para lograr un amplio marco de
identificación con un proyecto histórico que está vivo, que respira, que se
reproduce en la periferia y que debe institucionalizarse en organizaciones
libres del pueblo (vecinales, clubes, centros de salud, etc) como elementos de
nuevos valores y ordenadores de la vida en comunidad, mientras que, en el plano
del movimiento, debe avanzar hacia mayores lazos de unidad y organización con
otras agrupaciones políticas, sociales, de base, sindicales.
De igual forma, Rodolfo Kusch sostiene que “en América no nos podemos limitar
cómodamente a aplicar doctrinas. Ella exige ante todo una doctrina que no sólo
contemple la necesidad de una transformación de las estructuras sociales y
políticas o económicas, sino que también incluya la peculiar manera de ver y de
sentir al hombre que alienta en el indio y en el mestizo, eso que llamé en otra
oportunidad el estar.”(2) Este llamado imperioso de volver al hombre, la
comprensión del mundo desde lo propio, con sus características avanzadas y sus
sentidos conservadores, intentando bucear en las contradicciones para
contemplar a la vida en el barrio como exponente desde donde partir para
proseguir en forma colectiva hacia la acumulación de fuerza popular para
organizar mayores núcleos de nuestro pueblo, en una firme construcción de
instancias que nos posibiliten disputar –como movimiento político-cultural de
liberación humanista comunitaria- la conformación de un Estado de Plena
Justicia Social para estar en mejores condiciones frente a los poderes
concentrados (grupos económicos), que en nuestra ciudad y provincia se
encuentran representados en los empresarios especuladores del negocio
inmobiliario, el Poder Judicial, la Mesa de Enlace y los agro-garcas que guardan la cosecha de
soja en silobolsa, la Bolsa de Comercio, la Unión Industrial, la Fundación
Libertad como usina de pensamiento del orden liberal que le da basamento ideológico
al proyecto de la gran burguesía, y la casta política de derecha neoliberal e
izquierda abstracta (por ende también neoliberal) que son garantes del statu
quo de los poderes económicos en nuestra zona. La solución no llegará por medio
de fórmulas mágicas, sino a través de la unidad de base (el trabajo directo con
el reverso de la ciudad, los barrios de la periferia, los olvidados, los
excluidos, los sin nombre, los sin techo) y la constitución de instancias
políticas de encuentro y organización superadoras a las ya existentes, que
evidentemente son muy precarias.
En esto, Rodolfo Kusch es lapidario: “nosotros, como clase media, sometida místicamente a un gran plan, el
de la burguesía europea de los últimos doscientos años, herederos de los
objetos industriales, imbuidos de esa rara sencillez, como de regla de tres
simple con que resolvemos todos los problemas y corregimos siempre al
mundo, tensos en medio de una oligarquía
ganadera y un proletariado mestizo dentro de una ciudad amurallada, sin tiempo
para mirar por lo que está más allá de la muralla, ni lo que está adentro de
nosotros, sin una real finalidad en nuestras vidas fuera de esas etiquetas
políticas que nos adosamos, o de las cositas que compramos, individualistas
acérrimos, aun cuando entramos en un partido de izquierda: ¿cuándo y con qué
medios aceptaríamos ese aporte profundo de América para resolver realmente el
problema menudo y fácil de su economía, su sociedad y su cultura? ¿Cómo no
vamos a desechar por monstruosa esa pesada humanidad que alienta en el indio de
las comunidades agrarias, cuya principal característica y, quizá, la más
chocante para nuestros prejuicios de clase media, es la de que vive sin
urgencia?”(3) Debemos generar lazos comunes y profundos con nuestro pueblo
para conformar un bloque histórico sólido, en donde todas las expresiones
culturales que dan sentido a nuestra Patria Grande y la nutren constantemente,
que pueda seguir dando batalla contra los enemigos históricos más allá de las
coyunturas, y tenga como fin último la felicidad como máximo anhelo de una
comunidad organizada. Tampoco hay una receta para encontrar alternativas, sino
que es multicausal, como así también lo es nuestro pueblo mestizo. Por ende,
toda generación tiene derecho a inventar e insistir en una forma de militancia
que trascienda las pautas ya conocidas. Inventemos o erramos.
Kusch insiste:
“Realmente, ¿cuándo
comprenderemos que la clave no está en arreglar a América, sino en someternos a
ella y adquirir el plan de vida que le es implícito? Claro que para ello será
preciso que recobremos una idea más profunda del hombre, y no continuemos en
este juego gratuito de repetir, marxistas y democráticos, los preconceptos de
una cultura burguesa occidental, como si estuviéramos dando la lección
prolijamente en la escuela.
Es que tenemos un
profundo miedo de apartarnos del gran plan. Del otro lado siempre se da el
demonio, algo así como la anti-materia en física, algo que nos pudiera hacer
zozobrar y que denominamos, un poco tapándonos las narices: peronismo,
“cabecitas negras”, montonera, indios, villas miseria, lumpen o lo que fuera.
Pero todo ello no es otra cosa que algo que no cumple el plan, sólo porque
tiene ya el suyo propio.
Porque, ¿qué pasaría
si aceptáramos sin más eso que América trae consigo en su plan en materia
política o económica? Ya dijimos que lo peculiar de América, eso que yace en lo
más hondo de ella, es su profundo estar, algo así como un dejarse estar, eso
mismo que se traduce en Bolivia o en Perú o en el Norte argentino como una
imposibilidad de darles a esos países o a esa zona la fisonomía liberal y
democrática que toda nación correcta, creemos, debe tener hoy en día. Y
nosotros estamos en un ritmo opuesto, una especie de ser alguien competitivo y
creador que nos lleva precisamente a disfrutar de los beneficios del siglo XX.
Y es más. Ese mero
estar de América implica soluciones políticas y económicas contrarias, como
comunidad, y economía del amparo en oposición a una economía liberal del
desamparo; además, una libertad que sólo se concreta al hecho moral de optar
por el bien o el mal, y esa profunda escasez que apunta hacia una ausencia de
la propiedad, o más bien, a una indiferencia por parte del indio o del
campesino mestizo de lograrla con su propio esfuerzo.
¿Y vamos a asumir esa
característica y hacerla propia? ¿Quién sacrificaría sin más eso de que está
hecho en la gran ciudad y sustituye la sociedad civil, en la cual todos hacen
lo que quieren y pueden guiarse por sus propios intereses, por la comunidad en
la cual todo está reglamentado? ¿Quién reemplaza además el individuo por la
totalidad, la libertad de tener propiedades por la libertad moral, la inteligencia
por la simple fe?Razones de historia y además ese afán de sentirse cómodo en medio de sus categorías ya adquiridas y defendidas por todos, lo impiden. Acaso, ¿quién nos saca la convicción de que estamos usufructuando la máxima expresión de la vida, la más confortable y la más inteligente en la evolución de la humanidad?”(4)
Básicamente, el peronismo en nuestra ciudad se encuentra en
una disyuntiva: consolidarse como un
bastión de la cadena liberal del sentido común dominante (junto con el Frente
Progresista Cívico y Social de la intendenta Mónica Fein, los radicales de
Boasso, Schmuck, Rossua, y el PRO de
Lopez Molina y compañía), o deja salir su barbarie, su sentido de pertenencia,
aquél subsuelo de la patria sublevado que se convierte en hecho maldito del
país burgués, construyendo poder popular para llegar a comandar los resortes
del Estado a través del reverso de la ciudad naranja: las comunidades que
integramos los barrios.
A modo de conclusión de este escrito, Rodolfo Kusch vuelve,
una y otra vez, a invitarnos a la reflexión en torno al movimiento peronista que
queremos afianzar desde sus raíces: “la
historia argentina para una clase media apenas comienza con el gobierno de
Yrigoyen, porque con él asciende al poder, luego pasa al llano con la reacción
y es desmembrada durante la época de Perón, quien le frustra su afán de
convertirse en clase dirigente.”(5)
El peronismo tiene un lenguaje herético cultural, que
incomoda, que viene a romper con las líneas liberales del Estado, el pueblo, la
vida en comunidad, la democracia, etc. El peronismo le saca una ventaja
importante a otros discursos supuestamente combativos (como la izquierda), ya
que el peronismo es praxis: disputa poder real con la clase dominante, ya que
tiene la acumulación de fuerza para hacerlo. Rosario no aguanta más y nosotros,
las fuerzas populares, diseminados en muchos puños que no golpean juntos contra
el enemigo histórico en nuestra zona. Ha llegado el momento de la unidad más
allá de las organizaciones políticas y que el peronismo trascienda, en nuestra
ciudad, como un elemento cultural que rompa con la destrucción social a la que
nos está llevando el Frente Progresista Cívico y Social. Las respuestas, como
siempre, se encuentran en nuestro valiente pueblo, reserva moral de la Patria.
Notas
1)
Kusch, Rodolfo, Obras Completas volumen I (Rosario, Santa Fe), 2007, pp. 314.2) ibid, pp. 314.
3) Ibid, pp 315-316.
4) Ibid, pp 316-317.
5) Ibid, pp 307.


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