El Domingo Cavallo que publicó recientemente el libro “Camino a la estabilidad. Cómo derrotar a la inflación para avanzar hacia el desarrollo económico y el progreso social” es el mismo Domingo Cavallo que en los noventas firmó la entrega del Estado de manera lapidaria y definitiva, que ponía fin a cualquier política de avance social que había realizado efectivamente el peronismo a lo largo de su historia. El Consenso de Washington puso nombre y apellido al desguace de la Nación en su conjunto. La traición, la dependencia y el cipayismo salvaje rifaban las empresas públicas para privatizar las telecomunicaciones, el ferrocarril, multimedios de comunicación, el correo, entre tantas otras, y lo que era de todos, los derechos sociales, se volvían mercancía en manos de unos pocos empresarios mercenarios que engordaban sus bolsillos a costa del hambre y el desempleo del pueblo argentino.
Millones de compatriotas
se unían al piquete para hacer saber que la resistencia al neoliberalismo podía
oler a caucho quemado. De norte a sur, a lo largo del país, el movimiento
piquetero y de desocupados se organizaba, con sus métodos de luchas
disponibles, artesanales muchas veces, pero con un recorrido histórico tras sus
espaldas. Fue Norma Pla la chispa que encendió la pradera. Nuestra generación,
jóvenes que llegamos a realizar nuestra vida en aquél entonces y recuperamos la
ilusión con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, veíamos llegar
derrotados a nuestros padres cada noche, que se sentaban a la mesa con el
fracaso y la desesperanza colgando de su espalda, de aquella espalda de
laburantes que años antes sostenía una mochila con una muda de ropa de trabajo,
un jabón, una toalla, y era su compañera ante cualquier imprevisto en la
fábrica. Las jornadas de laburo arrancaban temprano, por eso salía el viejo a
las 5 y media para entrar a las 7 los días que la moto se rompía o llovía.
Somos los hijos de la década perdida. Somos los constructores y guardianes de
esta década ganada. Seremos los combatientes de las próximas décadas por ganar,
para seguir iluminando el camino hacia la liberación definitiva de esta Patria,
sin buitres, sin cadenas imperialistas, pero somos conscientes que es una lucha
a largo plazo. Puede haber cansancio y desgaste, pero hay que recuperarse
rápido para defender al país contra los hijos de puta de adentro y de afuera. Si
de algo estamos seguros es que los hijos de puta no tienen patria.
Hablemos de violencia. Ayer, al llegar a mi casa luego del
trabajo, me topé con la noticia: le habían arrojado huevos a Domingo Cavallo,
el mismo Domingo Cavallo que recortó los aportes jubilatorios un 13 por ciento
a nuestros abuelos y autor del megacanje y el corralito del 2001, el mismo
cínico que lloró ante Norma Pla y que se arrodillo frente al Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial. El mismo vendepatria que regaló nuestra
soberanía frente al imperio norteamericano, que vació la industria como lo
hiciera el finado ministro de economía de la Dictadura del 76, Martínez de Hoz.
El mismo que se encuentra procesado junto a Carlos Menem por la venta irregular
de predios públicos (Plaza Salvador María del Carril de Retiro y el predio
ferial de Palermo a la Sociedad Rural Argentina). Ese es Domingo Cavallo, el
que se pavonea por los canales de televisión para vender su libro, pero intenta
hacer mucho más que eso: el fantasma de Cavallo es un espectro vivo que busca
retroalimentar el lobby multimediático cultural de la derecha neoliberal
rancia, racista, homofóbica, xenófoba y misógina que quiere volver a conducir
los resortes del Estado para aplicar su política económica de miseria
planificada, un nuevo genocidio económico, como bien relatara Rodolfo Walsh en
su gran “Carta de un Escritor a la junta militar”. Domingo Cavallo representa
ese proyecto de país de una patria chica sarmientina, alambrada tras un cerco
custodiada por un milico y llenando de olor a bosta todo a su alrededor.
Sabemos de qué lado están. Tenemos conciencia de que lado estamos. Los más “correctos”,
pseudo intelectuales orgánicos de la derecha y algunos malos personajes
mediáticos de televisión trasnochada de domingo le llaman “la grieta”. Nosotros, desde esta trinchera popular, le decimos lucha
por la liberación nacional, porque queremos ser libres, soberanos y justos, y
no podemos serlo si ellos manejan el sentido común dominante. ¿Ahora entendés
nuestra batalla cultural? ¿Ahora entendés cual es nuestro proyecto de Patria
Grande, ligada a los intereses de las mayorías populares democráticas? ¿Podés
seguir pensando que un par de gritos y huevos a Domingo Cavallo es violencia?
La manipulación de los multimedios es moneda corriente en un país que tiene sus
estructuras culturales aferradas como uñas de gárgolas sobre los techos de las
instituciones liberales burguesas. Los
guardianes del statu quo no quieren perder sus privilegios, y nosotros queremos
la felicidad de nuestro pueblo. Por eso nos odian. Por eso nos proscribieron 18
años. Por eso bombardearon la Casa de Gobierno para asesinar a Perón y
masacraron a 400 compatriotas. Por eso nos persiguieron, nos fusilaron, nos
torturaron, nos desaparecieron, nos cagaron de hambre, nos sometieron a la
vergüenza de pisarnos la cabeza y ver a familias destruidas, sin casa, sin
trabajo. Nos mataron una y otra vez. Pero para estos escribas y cagatintas del
imperio, aquello no fue violento. No hay consenso posible entre opresores y
oprimidos.
La violencia que produjo Domingo Cavallo en los
noventas fue destructiva, inhumana, y dejó millones de personas en la calle
mientras otros millones de dólares se fugaban a paraísos fiscales. Hablar de
violencia, cuando este buitre local recitaba la doctrina neoliberal del Consenso
de Washington que puso al mercado por encima de todos los argentinos, es una
falta de respeto a la a nuestra inteligencia, de las mayorías que creemos en un
destino común de Patria latinoamericana, con desarrollo industrial inclusivo,
generando más y mejor empleo, y poniendo el capital al servicio del hombre,
dignificando en cada política pública a cada niño, niña, madre, padre, abuelo,
abuela, y democratizando los espacios de realización colectiva de una vez y
para siempre. La violencia, o aquello que los multimedios concentrados dicen
que es violento, no es tal. La violencia es la fuerza opresora que utilizan
estos grupos económicos para desarticular el Estado y dejarnos sin defensas
frente a los poderes monopólicos. Los gritos, huevos y escraches a tipos como
Domingo Cavallo, manos al servicio del capital financiero, no son graves. Son
las muestras cabales del repudio que genera la violencia histórica de las
políticas de ajuste que estos cipayos representan y las consecuencias que aún
hoy seguimos pagando. A donde vayan, los iremos a buscar, dice el cantito
popular. De eso pueden estar seguros.

